“¿Quién quemará mi casa?”, la tragedia del último kiliwa “kiliwa”

Bruno CárcamoPorBruno Cárcamo 2 años de sido publicado.Sin comentarios
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A More y nuestros antepasados, los uchben wiinik’ob. Para Jorja, Záazill, Yóol K’iin y nuestro futuro, los tuumben wiiniko’ob.

 

Quintana Roo, 29 de agosto.- Ser el último miembro de una cultura, de un grupo social, es una tragedia para la Humanidad. Una tragedia inimaginable para cualquier otra persona que no sea, precisamente, el último de su grupo. En los Estados Unidos Mexicanos, la nación kiliwa, se enfrenta a esta realidad.

Los kiliwa son un grupo amerindio de la rama Yumano que se localiza en este siglo XXI en el estado de Baja California, en el ejido de Arroyo de León, perteneciente al municipio de Ensenada.

Por mucho son el ejemplo más mediatizado y documentado sobre el “ocaso” de una cultura. A Don José lo han invitado a simposium tras simposium tras conferencia tras reunión sobre el problema y el fortalecimiento de las lenguas indígenas en este país. Esfuerzos que él mismo ya dice que no llevan a nada que no sea palabras tras palabras.

Si bien hay más de 150 miembros de la comunidad kiliwa, quedan hoy menos de 5 hablantes de la lengua. Lengua es Cultura. Cultura significa una forma de entender y explicar el Universo. Lo que nos define como individuos es la cultura misma. Los más de 150 miembros restantes que no hablan el kiliwa, tampoco son competentes: no conocen sus ritos, costumbres, ceremonias, la primera barrera siendo el no saber hablar kiliwa. Han dejado de ser -en una u otra medida- kiliwas.

soy el último de los míos… nadie se encargará de mis ritos funerarios…

 

Quiénes vivimos en Quintana Roo tenemos una serie de habilidades y conocimientos diferentes a los demás, somos competentes como quintanarroenses: un cultura de prevención de huracanes sin igual en el resto de los Estados Unidos Mexicanos, el consumo de pescado “crudo” cocido en limón, el hábito del habanero, uno de los chiles más potentes del mundo, el uso de ”tío” o “tía” como pronombre de respeto para un mayor. Usamos pantalones y camisa larga para estar en el monte, identificamos claramente “al de fuera” que viene en pantalones cortos y camisa corta para visitar una zona arqueológica, festín para los moscos. Así la gente del Distrito Federal se cuida al caminar cada cinco pasos y voltea alrededor, acerca su mochila al cuerpo o cruza la calle, usa jerga que no se encuentra en diccionario alguno, tiene una cultura de sismos como pocas ciudades en el mundo.

Uno es competente en su lengua y cultura. El quintanarroense es competente como tal, y así se y se le, reconoce. Quién viene de otras partes de los Estados Unidos Mexicanos, es uno “de afuera” hasta que se vuelve competente y se convierte (y posteriormente debería asumirse) quintanarroense.

La lengua nos define como cultura y viceversa. La mágica relación que existe entre ambos es el origen de la diversidad cultural y lingüística de la Humanidad. Al perder la lengua, ya no sé es competente en esa cultural. El no saber cómo expresarnos necesariamente limita nuestra capacidad de entendimiento cultural.

Identidad, reconocimiento, lengua y competencia son características primordiales para definirnos como individuos y grupos culturales. Los miembros de los grupos originarios (indígenas) de nuestros Estados Unidos Mexicanos, tienen varios retos, uno de ellos, la funcionalidad y uso cotidiano de las lenguas. El otro, la “competencia” de ser. Es decir, saber, conocer y aplicar las costumbres, ceremonias, ritos y prácticas culturales de su grupo.

No se puede olvidar una cultura ni tratar de solucionar los problemas de otra, sin la comprensión de la misma y sin un trabajo transcultural que nos ubique en los “zapatos del otro”, los “ojos del otro

 

Ahí están los kiliwa. Menos de 5 parlantes quedan. La lengua es base fundamental de la cultura. El resto de los kiliwas, han perdido la competencia de ser kiliwa a la par de su lengua. Ese es el tremendo reto que Arnulfo Estrada ha enfrentado desde hace más de dos décadas: la enseñanza de la lengua y la cultura a niños y jóvenes kiliwas.

Un trabajo que para muchos se antoja “inútil” y sin posible éxito. El académico ha conseguido la publicación de un diccionario español – kiliwa ( Diccionario práctico de la lengua kiliwa http://www.cdi.gob.mx/dmdocuments/diccionario_kiliwa.pdf  ) . Junto con Doña Leonor, una de las ahora cuatro parlantes, ha sistematizado los fines de semana clases de kiliwa para las nuevas generaciones. También se ha dedicado a la enorme tarea de documentar el saber de esta cultura orignaria. De esta cultura que radica en montes y valles y tiene centenares de palabras para describir los cerros y sus colindancias, los puntos entre uno y otro, las conjunciones que vemos a lo lejos. Al igual que aquellas que definen los valles.

Tuve la suerte de conocer a Arnulfo Estrada y a cuatro de los cinco kiliwas hace ya 13 años, en el 2004. Trabajaba el documental “Voces en extinción”. En ese entonces, entrevisté a Doña Hipolita, “Pola”, trilingüe que hablaba kiliwa, paipai y castellano. Tristemente me enteré hace poco en un encuentro sobre lenguas y cultura, que Doña “Pola” había muerto. Se nos fue un forma simultánea tripartita de entender el cosmos.

 

Los kiliwas tienen la costumbre de quemar la casa cuando uno de los miembros de su grupo muere. Don José es el más joven de los parlantes. Tajante dijo a cuadro: “¿Quién quemará mi casa?”. La pérdida de la lengua y la competencia de una cultura traducida al plano emocional y práctico, soy el último de los míos… nadie se encargará de mis ritos funerarios…

El clan de quiénes llevamos el apellido “Cárcamo” no rebasa la decena en listado telefónico del Distrito Federal. Acaba de fallecer la mayor, “More”, como de cariño se le conocía. Una institución en la colonia Roma y su mercado, dónde compartió la mayor parte de sus más de noventa años. Mi padre, cuando vio el documental al aire, le impactó la historia de Don José, el funesto destino de quién es el último de los suyos. Nuestro clan se redujo en uno, perdimos a la mayor. Nuestra pena también pasa por la necesidad de organizar arreglos funerarios, de encarar la única certeza de la vida: la muerte. Los pocos que quedamos nos enfrentamos a la permanencia y la eternidad. La frase de Don José retumba.

La lengua es cultura. Es parte de la competencia de ser. La diversidad cultural y riqueza Humana nos hace más fuertes en salud (mejores genes), conocimiento, saber, cosmovisión, y seres Humanos. Sigue el reto para los kiliwas de aprender la lengua materna. Queda el reto en funciones de documentar una cultura.

Sin duda la frase impacta. Sin embargo, el punto de relación que grabó mi memoria es Don José explicando que le habían entregado unos paneles solares para poder cargar las baterías de su radio y alumbrar su noche. Un hombre mayor que tarda más de veinte minutos de caminata cuesta arriba y cuesta abajo para obtener agua de un riachuelo de una cañada. Ese es mi cierre, el recordatorio de que no se puede olvidar una cultura ni tratar de solucionar los problemas de otra, sin la comprensión de la misma y sin un trabajo transcultural que nos ubique en los “zapatos del otro”, los “ojos del otro”.

 

Edición con el material sobre el kiliwa del documental del 2004 “Voces en extinción”.

 

Bruno Cárcamo Arvide

@Bruno_m9

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Category:
  Análisis

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