La triste historia de los gallos y el lagarto

Isabel ArvidePorIsabel Arvide 1 mes de sido publicado.Sin comentarios
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Recuperamos el texto original de esta columna de Isabel Arvide, que brinda un claro panorama sobre los traslados del día de hoy del CERESO de CHetumal.

Quintana Roo, 18 de enero 2013.- Treinta y cuatro ejemplares de pelea, algunos maltratados por la navaja enemiga, la mayoría de color naranja, que lentamente, de dos en dos, llegaban en costales hasta la reja de la cárcel de Chetumal.  Con el enojo inmenso de la colectividad, oficial y de internos.

 

Una denuncia nos avisó sobre la presencia, mágicamente ignorada por las autoridades, de estos “gallos” que servían para el pasatiempo de los internos.

Como si fuese un cuento de ficción, propio de Gabo.

Porque nadie imagina que en una institución carcelaria puedan convivir estos animales en la más armoniosa rutina.

De entrada la Ley, que eso la Ley, asevera que están prohibidos los animales, obvio las peleas de gallo, no se diga las navajas que, por cierto, no fueron “halladas”.

Bajo el sol inclemente veía ir y venir, angustiado, francamente agobiado por el peso de su responsabilidad al capitán Jorge Alejandro Alvarado que en sus escalas, cada dos o tres gallos que lograban llegar a la puerta, insistía en el riesgo de que se enojasen los internos.  O sea…

Lo bueno es que la orden era del Gobernador. Porque si no…

Pregunté que correspondía, de acuerdo a la Ley, con estos ejemplares que no paraban de cantar.  Y pedí que se procediese a entregarlos a los familiares de los internos.  Dado el temor de que apenas me retirase fuesen devueltos a sus “celdas”, le pedí que me remitiese fotografías de dicha entrega.

Para documentar mi asombro, el documento y las imágenes remitidas eran de gallinas y pollos… Por obra de magia los gallos, como en una narración de García Márquez, se habían convertido en otra especie animal.

Aquí no acaba el cuento. Porque al recabar testimonios, eso de volverse loca o trastocar la realidad está fuerte, de quienes habían avisado sobre la presencia de los treinta y más gallos de pelea escuché algo que me dejo absolutamente perpleja: “Claro que eran gallos de pelea, tenían los nombres de los partidos, estaban heridos, y junto había un lagarto”

¿Perdón? Un qué… casi le grito.  Eso, me respondió, un lagarto pero no muy grande.  Así como cocodrilo pues, no iguana… lagarto.

¿Qué se hace con un lagarto en una cárcel?  Pensé en el Capitán Garfio sin mano porque se la había comido un cocodrilo… ¿Sería para castigos?  ¿Por qué puerta entró el lagarto a la cárcel?

Como en caricatura infantil había que diseñar un operativo para sacar, rescatar pues, al tal lagarto antes que el director me lo convirtiese en lagartijita… ¿Quién podría ser mi aliado? ¿Cuántos policías se necesitan para detenerlo?

Exigí a mi informante direcciones, porque no se vería bien que entrásemos buscando debajo de las piedras.  Me respondió que era fácil dar con el tal “lagarto” porque estaba frente a las “celdas Vips”, en una fosa de agua medio turbia.

¿Dirá otra vez el director Alvarado sobre los peligros del enojo de los internos? ¿Me encontraré con los gallos convertidos en “Aves del Paraíso”? Volveré a recibir el saludo de Nikita que pasea por la prisión libremente entre tantos hombres, descubriré la identidad de la mujer que en shorts salía del área varonil después de realizar labores propias de su sexo sin que se inmutasen las autoridades, veré al vendedor de pan que lleva su charola como si fuese mercado…

Hasta el momento todo son preguntas.  Y burlas de mi “grupo de inteligencia” que se niega a acompañarme…

Por lo pronto los bomberos vendrán en mi ayuda… Esta historia continuará con el destino de los animales de la cárcel de Macondo… perdón de Chetumal.

Isabel Arvide

@isabelarvide

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Category:
  Análisis

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